Una nueva vida. Un café.

by vacioynausea

Aparcó el coche en el único surtidor de gasolina que quedaba, no se llegó a fijar si era super o cualquier otra calidad, desde su punto de vista, una vez llegara a su destino, el coche se convertiría en un bien inmueble y además, no es que precisamente las opciones de darle utilidad abundasen.

El cobro se hizo automático y sin problemas, como siempre, lo dejó frente a la entrada de la cafetería, había dos coches más pero en un prodigio de lucidez supuso que pertenecerían a los empleados de allí, mejor, así le servirían más rápido y no tendría que hablar con nadie por descuido o por alguna estúpida convención social que nadie había escrito pero que todo el mundo respetaba. Dentro el calor del local le rodeo subiendo la temperatura de su cuerpo haciendo ver a sus mejillas rojas. No había nadie en la barra, no tenía prisa, lo primero era ir al servicio. De casualidad se fijó en el precio, 30 bankors, no era mucho pero siemplemente le fastidiaba tener que pagar por utilizar unos servicios que muchas veces no tenían ningún rollo de papel, olían a despojos humanos y tenías suciedad y muestras de “literatura popular” que nunca pasaría al canon, hasta en los techos. Esta vez tenía suerte, sus pies chapoteaban entre orines pero había un rollo de papel seguramente puesto esa mañana ya que nadie lo había utilizado, vana alegría, 30 bankors para mear y comprobar que había un rollo de papel virgen que él no iba a utilizar. Cuando salió ya había alguién más allí dentro, un hombre cano de mediana estatura, entorno a los 50 años, calvo y con una gran barriga secaba las tazas como si al eliminar la humedad de esas tazas estuviera eliminando de su espíritu todo karma.

– Un café solo de máquina.

No desperdició ni una palabra más, cogió el periódico más cercano a él y seleccionó uno de deportes, realmente no poco importaba lo que allí pasará, puso los videos, por lo menos algo retendría ya que no sería capaz de leer dos palabras seguidas y lo sabía perfectamente.

El hombre tras la barra dejó la taza y  desapareció, quizás se hubiera evaporado tras alcanzar el nirvana limpiando tazas pero ese pensamiento solo fue capaz de arrancarle una mueca en la cara. Miró la taza y en ese momento, si alguién le hubiera observado hubiera dicho que realizaba un análisis morfológico concienzudo del recipiente y de su contenido pero no era así, unas ondas que no deberían estar allí se reflejaban, para hierático como cualquier escultura egipcia del Imperio Medio pero le temblaba la mano, expresión de su miedo, sus ganas de tirar esa taza y hasta a él mismo contra la ventana de esa prisión, apretó todo lo que pudo el asa de esa taza provocando más vibraciones pero logró calmarse, abandonar poco a poco sus más agresivas pasiones y dejar junto con ellas la taza encima de la barra.