vacioynausea

Me apoyo con todo mi peso en el borde de la loza, acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada de humano.[…] Quisiera recobrarme: una sensación viva y decidida me liberaría. La náusea. Jean-Paul Sartre

Ojos oceánicos

Un mar sin sal y la gravedad tirando de ti. El abrazo del agua que se funda en uno con tus fosas nasales.  Olas de luz azulada que atraviesan mi pupila con flechas de fuego griego.

No hay tierra alguna en tu mirada de muerte, todo es líquido y pierda la visión de mis manos, de mi propio cuerpo, lo único sólido en esta maldita realidad que eres tú, tu recuerdo.

Como dulce basilisco que mece con aparente virginidad de ninfa al pobre naufrago en medio de la nada.

Dejo de luchar, me tiendo sobre aguas que no permiten flotabilidad ninguna, si no puedo estar en tu recuerdo siquiera me dejo llevar hasta la oscuridad, allí donde la presión de esto que creamos acabe de una vez por todas con este cuerpo que dejó de serlo antes de tener existencia.

Idea sacada de la versión de Ocean Eyes de la cantante Billie Eilish publicada por @NikkiGarcia. Ocean Eyes se refiere originalmente a los ojos que lloran pero me he tomado la libertad de tomarlo de forma literal.

Envidia

Envidia cochina que se pega a mi cuerpo como alquitrán
a mi pensamiento en los momentos más extraños,
de improviso, como la sal del mar a tus pies
con la que ríes, y no soy yo.

Como el viento que me roba el tacto de las caricias
de tu cuello y que como un director de cine de artes marciales
a la vez tira de las comisuras de tus labios haciéndote mostrar
una sonrisa y ocultando con habilidad a este espectador miope
los hilos que la hacen posible, y no soy yo.

Envidia y solo envidia de que no me tengas en tu pensamiento,
de que estés en el mío que es lo único que tengo, de que estés en mi vida
y aquel por el que suspiras, no ser yo.

Una nueva vida. Un café.

Aparcó el coche en el único surtidor de gasolina que quedaba, no se llegó a fijar si era super o cualquier otra calidad, desde su punto de vista, una vez llegara a su destino, el coche se convertiría en un bien inmueble y además, no es que precisamente las opciones de darle utilidad abundasen.

El cobro se hizo automático y sin problemas, como siempre, lo dejó frente a la entrada de la cafetería, había dos coches más pero en un prodigio de lucidez supuso que pertenecerían a los empleados de allí, mejor, así le servirían más rápido y no tendría que hablar con nadie por descuido o por alguna estúpida convención social que nadie había escrito pero que todo el mundo respetaba. Dentro el calor del local le rodeo subiendo la temperatura de su cuerpo haciendo ver a sus mejillas rojas. No había nadie en la barra, no tenía prisa, lo primero era ir al servicio. De casualidad se fijó en el precio, 30 bankors, no era mucho pero siemplemente le fastidiaba tener que pagar por utilizar unos servicios que muchas veces no tenían ningún rollo de papel, olían a despojos humanos y tenías suciedad y muestras de “literatura popular” que nunca pasaría al canon, hasta en los techos. Esta vez tenía suerte, sus pies chapoteaban entre orines pero había un rollo de papel seguramente puesto esa mañana ya que nadie lo había utilizado, vana alegría, 30 bankors para mear y comprobar que había un rollo de papel virgen que él no iba a utilizar. Cuando salió ya había alguién más allí dentro, un hombre cano de mediana estatura, entorno a los 50 años, calvo y con una gran barriga secaba las tazas como si al eliminar la humedad de esas tazas estuviera eliminando de su espíritu todo karma.

– Un café solo de máquina.

No desperdició ni una palabra más, cogió el periódico más cercano a él y seleccionó uno de deportes, realmente no poco importaba lo que allí pasará, puso los videos, por lo menos algo retendría ya que no sería capaz de leer dos palabras seguidas y lo sabía perfectamente.

El hombre tras la barra dejó la taza y  desapareció, quizás se hubiera evaporado tras alcanzar el nirvana limpiando tazas pero ese pensamiento solo fue capaz de arrancarle una mueca en la cara. Miró la taza y en ese momento, si alguién le hubiera observado hubiera dicho que realizaba un análisis morfológico concienzudo del recipiente y de su contenido pero no era así, unas ondas que no deberían estar allí se reflejaban, para hierático como cualquier escultura egipcia del Imperio Medio pero le temblaba la mano, expresión de su miedo, sus ganas de tirar esa taza y hasta a él mismo contra la ventana de esa prisión, apretó todo lo que pudo el asa de esa taza provocando más vibraciones pero logró calmarse, abandonar poco a poco sus más agresivas pasiones y dejar junto con ellas la taza encima de la barra.

¿Y si fuera circular?

Si el universo se curvara, si, como un navegante renacentista solo fuera hacia el este o hacia el oeste buscando el fin del mundo y me diera cuenta que lo único que he conseguido es volver al punto de origen tú serías mi punto de origen, ese del que partí, del que quería escapar y sin embargo, tras los estrechos llenos de hielos tan grandes como islas capaces de hacerme naufragar, de conocer el calor más insoportable, el hambre, la sed, sin dientes con los que pronunciar y gritarte de tal forma que me entiendas “¡Déjame!”, ahora, que sentido tiene cualquier viaje, si el olvidarte es justo como ese horizonte que siempre se mueve un poco más allá de donde nosotros podemos alcanzar, si tu recuerdo es como el sol, que por mucho que corras siempre me alcanza, ¿qué sentido tiene huir cuando no necesito cantar al pájaro que entra por el ventanuco de mi celda ya que toda la Tierra es una perfecta prisión para mi?

Dibujando las calles al nuevo día junto a ti y sin embargo, solo salen de mi imaginación líneas de sangre que plasman mis dedos. Mientras todo esto hago parezco feliz, una mueca que marca sempiterna mi cara, pero me odio, mi debilidad, como la expreso, simplemente sentirlar me avergüenza ya que no es por algo que he tenido, sino por algo que nunca fue mío ni nunca lo será y aun así, duele tanto…

No comprendo nada de lo que pasa a mi alrededor pero siento frío, mucho frío y no lo entiendo, es verano y el sol de hiere la piel pero esta se me eriza una y otra vez y siento tanto frío que ya no sé que hacer, me siento enfermo, me encuentro mal. Quizás al fin y al cabo yo también crea en la justicia poética y nada tiene que ser justo, pues es una creación humana e idealizada, no fáctica, no puede haber justicia desde el momento que no hay baremos para evaluar a la gente.

Y después de esto solo me queda ver una ficción, aceptar su pacto y creerme que algún día yo seré feliz.

Estoy a un palmo de ti y no te toco, si ninguno de los dos se arriesga a ahogarse en el orgullo herido tras el rechazo, ¿cuál es la diferencia entre un palmo y un océano?

El sonido de tus pasos, lento, como el transcurrir del tiempo desde que no estas a mi lado.

Mi corazón se acelera pero cuando ya no te veo, como un Mr. Marshall mas, yo sigo parado, sediento de ti, sin este trozo de carne bombeante, pues te lo llevaste en tu pasar.

¿Quién eres tú?

Tú, que eres muchas personas y por tanto nadie pues en el singular solo cabe la unidad, eres solamente pasado, algo más o menos lejano, dependiendo del día, de la concreción de tu cara, de los recuerdos que asocié bajo ese pronombre. Tu nombre muta como la luz del día, como nuestras vidas con el tiempo y al igual que ellas, al final, te das cuenta de la futilidad de tu presencia que no son más que restos de una memoria sucia por todo lo que conserva de los caminos recorridos, de lo intangible de los sentimientos que ya no deberían estar ahí y sin embargo la realidad es un conjunto de actos y no de potencias que solo habitan en la mente de cualquier desdichado como yo, que son como la impotencia de sus pensamientos los cuales transforman tu cara, como si solo fuera una, solo una…

Que muera la poesía.

No es una declaración de intenciones ni siquiera un pensamiento que me pertenezca ni que quiera hacer mío, lo deduzco de tus palabras. De esa querencia tuya por lo prosaico, por rechazar lo que te digo, por hacerme nadie y sumirme en el silencio de lo cómodo.

Y con el tiempo todo muere, quizás primero sean todos los artificios, lo trivial y que nos resulta innecesario para que lo nuestro siguiera hacia adelante pero no nos dimos cuenta que lo que parecía superfluo eran como las hojas o el césped del suelo, en principio es el suelo lo necesario para que plantas y árboles nazcan y prosperen, pero más tarde te das cuenta que en las caídas, las hojas amortiguan nuestro impacto, que cuando hablamos de los bonito de un paisaje, siempre preferimos el más verde y en definitiva, que cuando llueve, si lo único que hay es suelo, eso será lo que arrastre la lluvia y erosiones, sin nada intermedio que lo pare o lo retrase.

Y al final ¿qué nos quedará, un erial que nos separe entre tú y yo? ¿un espacio vacío que no sabremos como llenarlo?, un monumento al silencio y la incomprensión recíproca.

Supongo que si muere algo tan aparentemente superfluo como es la poesía al final acabaré dejando que muera todo, incluso si ello implica nosotros.

Allí, en la estación.

Allí, en la estación fue la última vez que la vio. A la postre, la última de su viaje juntos.

– No será un hasta nunca, ¿vale? no pongas esa cara por favor.- Le dijo mientras jugaba con su el pelo de detrás de su nuca.

El apartó sus ojos durante un segundo, el tiempo justo para tomar fuerzas. Una mueca que quería ser una sonrisa apareció en el lado derecho de su cara pero no engañaba a nadie, él sabía que no podía refrenar ese gesto cuando su voz no llegaba a convertirse en palabra, y ella comprendía que era toda muestras explícita que iba a ver de su impotencia.

– Claro, perdona, que quise darte a entender eso.- La sujeto fuerte por su cadera y pasó los brazos en direcciones opuestas por su espalda. En ese momento hubiese deseado que tiempo se acabase, así, con ella entre sus brazos para siempre.

Le dio un beso casi enunciado cerca de la oreja, no se atrevía a tocar esa parte que tanto le gusta a el visitar y a ella ejercer de perfecta anfitriona que estaba detrás de su oreja. Es como si no quisiera dejar más huella de la estrictamente necesaria en ella, y en él mismo, en su propia memoria. Y a la vez, se separó de ella, despacio, pero con firmeza.

– Sube ya, vas a perder el tren.- Se agachó y le acercó sus pequeñas maletas, que parecía prometer un pronto retorno.

Mientras le daba la espalda la seguía, quería tenerla frente a él el máximo tiempo posible, aunque fuera con un ventanilla de por medio, pero ya no era como las películas, por eso quizás estas se rodaban en trenes antiguos o en aeropuertos. Ella gesticulaba pero no la entendía, el sonido de su voz se quedaba atrapado en la lejanía del no saber y ya no habría pañuelos sacados por el resquicio que permitía el cristal, no sacaría ella la cabeza haciendo que se le volase el gorro mientras él, que hasta entonces había corrido tras ella en un vano intento de postergar su sufrimiento y se pararía justo para recoger su sombrero y parado, con la mirada perdida en la locomotora dejar pasar el tiempo mientras los vagones se perdían en un más allá de tiempos prometidos pero inciertos.

Simplemente el tren partió y antes de que realmente sus miradas pudieran dejar de cruzarse, él se giró levantando la mirada caminó arrastrando sus pies mientras silbaba algo que ahogara el estruendoso ruido de sus pensamientos. Pero ella, no sería borrada por la neblina del tiempo, quizás uno de los muchos precios a pagar por el progreso. Su imagen seguía perfectamente nítida muchos años después.

Pasado un tiempo empezó a aparecer por aquí, unas veces por las mañanas, otras ya por la tarde, aunque en sus primeras horas, siempre a la hora del café para irse al poco de anochecer en invierno y entrada la tarde en verano. Podría haberlo hecho en la propia cafetería de la estación, pero creo que le tenía un cierto miedo, como si fuera a mirar directamente a un dios en su forma divina, ya sabes, como Zeus cuando abrasó con un rayo a una de sus amantes. Nunca se despedía, siempre dejaba el dinero en la barra redondeando al alza, yo siempre le daba las gracias, y se iba. Un día se despidió, no sé, era extraño, no solo porque se despidiera, era extraño pero también lo había hecho alguna vez, alguien que el hecho de que me diera el dinero exacto, si no porque le vi con un gesto más suelto, e incluso diría que una sonrisa en la cara y no le volvimos a ver por aquí.

No sé si ella regresó, o simplemente se cansó de esperar pero lo cierto es que eso fue todo. Si te preguntas cómo sé todo esto y esos detalles, quien sabe, quizás fuera yo él hasta que me quedé con este bar cuando  lo iban a cerrar por jubilación y así poder mirar siempre y a todas horas quien salía de la estación, quizás, no sea más que el narrador jugando a ser el dueño de un bar cualquiera y esta historia sea simplemente un cuento más.